Los
canales de televisión nacional exhiben el lugar en el cual se lleva a cabo la
tan esperada gala. El bien acomodado salón de uno de los varios lujosos hoteles
caraqueños, tiene como prioridad las cámaras de Meridiano TV, canal deportivo
del país por excelencia, monopolizador, además, del beneplácito de la FVF.
Por la
alfombra roja desfila Juan Arango, haciendo gala de un traje fucsia con lunares
amarillos y rallas horizontales verdes. Una cosa horrible, pero que le queda
“bien” a él precisamente por ser él. No faltará, eso sí, el astuto periodista
quien con comicidad recordará la tienda de ropa que tiene Juan, Arango Sport,
como para burlarse con astucia del traje del maracayero.
Impecable,
con ciertos aires de estrella de NBA, Salomón Rondón firma autógrafos mientras
sonríe a las cámaras. Espera este año poder ganar el Balón de Oro monopolizado
en los últimos cuatro años por el siempre genial Juan Fernando Arango. La buena
temporada de Rondón da para ilusionarse. Eso y su campaña casi política para
conseguir el premio, hasta en sus anuncios publicitarios se hablaba del tema: “Midas
todo lo que tocaba lo convertía en oro, el Rey Salomón nació de oro”; un spot
un poco simple y rebuscado para la magnitud del favorito de los anunciantes.
La
sorpresa de la noche es Edgar Jiménez, a quien su último semestre con Mineros
le valió estar en el podio; no sin el ojo celoso de Tomás Rincón, abrumado por
las lesiones, pero nominado al once ideal del año. Edgar le guiña el ojo a una
fanática mientras le firma un autógrafo al borde de su escote. “¿Por qué te
dicen el exquisito?”, “Averígualo”, responde mientras pone pases imaginarios
hacia la puerta del salón.
Ya en
el acto, Rafael Esquivel tuerce los ojos cuando el premio al entrenador del año
se lo dan a Noel Sanvicente, quien en su discurso de agradecimiento sólo usa la
palabra proyecto. Richard Páez, tras
la ceremonia, felicita ante las cámaras a su colega: “Eso es tener identidad”
dice sonriente, mientras Farías le pide respeto a todos los camarógrafos, pues
ninguno lo enfoca.
Pero no
nos adelantemos, el momento cumbre llegó cuando se anunció al ganador del Balón
de Oro: Juan Arango. Salomón no lo podía creer. Qué fiasco. Al final, la
posible retirada de Juan de la selección pesó más en los votantes. No importa,
a aplaudir. “Estem… este… este… es… yo creo… un… premio, que… bueno… muy
trabajado…”, a Juan, como de costumbre, le resultaría más sencillo marcar un
gol como el ganador del Premio Dolgetta, que expresarse en palabras.
Al
final de la gala, en la zona mixta, Cristian Cásseres se paseaba saludando a
todos, los conociera o no: “¿Cómo estás, mi pana?” o “Hermanito, ¿cómo andas?”,
el Torito, siempre alegre, pasó incluso al lado de Emilio Reinteria. El Venado
no lo vio, estaba ajustándose aún más sus apretados pantalones, a fin de posar
junto a su novia trofeo para los diarios. “Respeto, respeto” se escuchaba de
fondo el eco de Farías indignado, esta vez porque la mirada de las chicas se
las llevaba Gabriel Cichero. Eduardo Saragó, en una esquina, realizaba
estiramientos para sus piernas: pasó todo la ceremonia en cuclillas, al lado de
su asiento, el cual daba al pasillo.
Una
hora después, todos los medios comentaban, debatían y analizaban el galardón.
…
Dejémonos
de hipocresías y de incoherencias como la palabra pastelero; basta de defender a la nación con el fútbol o de
sentirse buen ciudadano por usar la Vinotinto. El tribalismo es la ignorancia
del siglo XXI. Seamos francos: todos, de niños, soñamos jugar una Champions
League. Nos vimos con la camiseta del Barcelona, Real Madrid, Manchester
United, Milan o Juventus. Claro que sí. Quizá, también, con la del Caracas,
Táchira o Mineros, pero equipos de la talla de los antes nombrado, estoy
seguro, se colaban por las rendijas de las fantasías.
¿Se
imaginan lo maravilloso que sería en nuestro fútbol una gala como la organizada
por la FIFA para entregar el Balón de Oro?
Probablemente, más de uno de los jugadores profesionales de
este país dedican algún segundo de su vida a fantasear con esas lejanas
realidades. Quizá sea el propio Edgar Jiménez a quien recuerdo haber visto hace
tres años en C.C. Galerías Paraíso caminando con tranquilidad ante la
indiferencia de los transeúntes; o bien David
McIntosh, un veterano de mil batallas a quien vi alguna vez hacerse espacio
entre el tumulto de una vagón del Metro de Chacaíto; ¿por qué no un extranjero?
Camilo Ramírez, ese quien caminaba por Sabana Grande la tarde de un lunes luego
de marcar el gol de la jornada con el Real Esppor.
Este texto, sin mayor utilidad
para el día a día del fútbol venezolano, sólo pretende recordar a todos quienes
estuvimos pendientes el pasado lunes 13 de enero de la gala de la FIFA, que en
este país también se juega fútbol, o, mejor dicho, una imitación de fútbol
profesional; en donde más de la mitad de los clubes de Primera tienen deudas;
ningún equipo, salvo el Caracas, tiene cancha propia; los engramados son un
chiste en relación a los campos de otros países y en donde más que esperar
ansiosos que se pronuncie el nombre Cristiano Ronaldo, Lionel Messi o Frank
Ribery, esperamos desde hace muchos años que se terminé de construir una
fantasía nacional, un espejismo en honor al olvido y, como rezaba una pancarta
de la barra del Caracas un par de años atrás, al desCARo.
Tan ilusos somos que así
queremos ir a una Copa del Mundo. Las expectativas, amigos, no son acordes a la
realidad.
Para leer: Filantropía oligatoria
Muy buen artículo que mezcla la fantasía con la realidad abrumadora del deporte rey en este país.
ResponderEliminarQuiero aprovechar para preguntarte si sabes ¿cómo uno puede ser entrenador de fútbol profesional en este país? es decir, ¿qué cursos hay que tomar?. Un saludo y gracias de antemano por la respuesta.
Gracias por pasar leer y comentar.
EliminarEn esta página encontrarás toda la info: http://www.cefdevenezuela.com/principal/
Esto si me hizo reir... pero tambien muy cierto y real...
ResponderEliminar